Premios de Zolock: Las Gemas Perdidas

¡Hoy han llegado otro relato más!

Este ha sido escrito por Álvaro Morales Luis (@alv_moralesluis en Twitter) y su hashtag de promoción es: #PremioZolockGemasPerdidas

Espero que os guste 😀

Las Gemas Perdidas

Llovía, la aldea de Mok era un barrizal. Al vigilante de la puerta no le apetecía
comprobar a quién pertenecía aquella silueta oscura que era yo en la lejanía. Me
acercaba a la entrada y no parecía tener intención de mojarse de nuevo. Comprobé las
defensas del lugar y solo vi al vigilante, ningún guardia que supusiera una dificultad. El
vigilante llevaba horas debajo de la lluvia y ahora fumaba una pipa en su garita
cochambrosa. Me vigilaba desde allí con recelo, como único impedimento a mi entrada.
Nada hizo. Fui rumbo a la posada.

El camino, deshecho por la inmensa cantidad de agua que rebosaba por doquier me
hizo difícil llegar hasta la parte alta donde se ubicaba la taberna. Entré en la posada del
Cerdo Tuerto, según decían, era el mejor lugar en kilómetros donde ofrecían buena
comida y bebida. La lluvia mojó las baldosas y todos me miraron como quien mira un
temporal indeseable. Me quité la capucha y miré a los lugareños, bebían y bromeaban.
No parecían ser peligrosos.

—Bienvenido al Cerdo Tuerto, señor— dijo una voz como de un niño.
Miré hacia abajo pero no se trataba de un niño humano. Era algo que me pareció
extraño. La criatura era una mezcla entre humano y duende. Le miré perplejo. Conocía
otros casos de hibridación con humanos, pero si de verdad era medio duende, eso era
nuevo para mí.

—Buenas noches, pequeño señor—le dije.
El medio duende hizo una reverencia. Si quiere puede dejar sus pertenencias a salvo
en el recibidor, puedo secar su capa, también debería dejar sus armas aquí—dijo
mientras me observaba de arriba abajo.

—No será necesario.

—Está bien, como guste, pero aquí no se permiten peleas, se lo aviso señor.

—Estoy aquí para renovar mis energías y esperar a que esta lluvia cese, solo eso —
puntualicé.

—Oh, me temo que la lluvia durará al menos hasta mañana.Con una mueca de pesar por su comentario fui directo a la barra, le hice un gesto al posadero y éste me miró con cara de pocos amigos. ¿Y bien? ¿Qué desea el viajero? — dijo con voz ronca mientras se acercaba.

— ¿Tiene algo caliente y vino? —pregunté.
— ¡Por supuesto! Está en la mejor posada de todo el condado.
—Pues si es tan amable póngame su mejor plato y una copa de vino.
— ¿Y tiene el señor como pagarlo? —Le advierto que serán 3 monedas de plata —dijo
levantando la barbilla.

Comprobé el paquete de cuero de mi cinturón, tenía suficiente. Parece que el
posadero no se fiaba y temía que no le pagara. Solté las monedas sobre la piedra pulida
de la barra. El hombre arrugó el labio. ―Enseguida se lo traeré.
Trajo el vino y el plato de sopa con carne humeante. Comencé a comer.
¿Viste a ese viejo duende? —preguntó una voz a mi izquierda, miré de reojo. Eran dos
hombres, leñadores o granjeros.
—Sí, no para de contar historias, deben ser todas mentiras —advirtió receloso.
—No lo creo, amigo, no lo creo —dijo el otro. A mí me contó que en la herrería hace
muchos años vino un forastero y forjó un puñal al que le puso esencias y otras cosas
mágicas. Y a mi hermano le contó que el páramo entre nuestra aldea y la aldea de
Broskar habita un ser, una especie de reptil que mata y come a todo aquel que entre en
su territorio, y le dijo que si algún día va hacia allá es mejor dar un largo rodeo y evitarlo,
¡Dicen que ese reptil escupe fuego!
— ¿Te contó algo más? —preguntó tragando saliva, parecía que esa historia le
provocaba temor.
—Me contó la misma historia, pero añadió algo más.
El otro hombre cogió su jarra de cerveza, tras echar un trago preguntó con interés
¿qué añadió?, ¿qué dijo?
—Que ese reptil guarda en su cueva las artes con la que la gente trata de matarlo.Entonces los miré. Disculpen caballeros—dije. Ellos me miraron sorprendidos. He
estado escuchando vuestra conversación y me pregunto si será cierta, ¿dónde está ese
duende?

Uno de ellos señaló al fondo. Hice una reverencia y fui en esa dirección.
El otro me agarró del brazo. Cuidado con esa cosa —advirtió con manos
temblorosas—, también dicen que maldice si no le pagan por contar historias, es mejor
que le dé algunas monedas, a mi vecino le desapareció el caballo por no pagarle.
Sacudí el brazo para que me soltara y éste se retiró hacia atrás. Pensé que a alguien
como yo que busca las mejores ocasiones de mejorar su equipo no podía dejar la
oportunidad de escuchar esa historia.
El duende fumaba en una larga pipa. Estaba solo, y los presentes le miraban como si
hubiera hecho algo malo, me acerqué un poco más, me fijé que tenía un parche en el
ojo derecho.
― ¡Genial!, otro que quiere que le cuente historias —dijo mientras estiraba su larga
barba. Por decirle algo a los cuatro o cinco pelos de su barbilla.
Me senté en la butaca y el duende me miraba con detenimiento. ¿Cuánto por tu barba
trenzada? —preguntó con una sonrisa.
Me toqué la barba, sorprendido por la pregunta.
— ¡Es broma! —rio con una carcajada. Por todos los dioses, ¿de verdad creíste que
quería tu barba? —volvió a reír.
El duende tomó su pipa, de su dedo brotó una pequeña llama y volvió a fumar
provocando que todo se llenara de humo a su alrededor.
—Mis historias valen al menos una moneda de plata, pero si tienes gemas también
las acepto.
Empezaba a pensar que entrar en aquella taberna sería mi ruina. Dejé la moneda
sobre la mesa y el duende la cogió y comenzó a verla con impaciencia, mordiéndola. Está
bien, no es falsa.— ¿Qué historia quieres que te cuente? —preguntó mientras guardaba la moneda.
—Escuché a dos hombres contar la del reptil del páramo —comencé a decir.
—Si ya la escuchaste, ¿por qué quieres que la vuelva a contar? —preguntó con brillo
en el ojo azul.
—Quiero conocer los detalles.
— ¿Detalles? ¿Como cuáles?
— ¿Dónde está esa cueva, es verdad que ese ser guarda lo que consigue de sus
víctimas?
El duende me miró con renovado interés, fijándose en mi espada. Se dio cuenta de
que no era un aldeano más.
— ¿Acaso eres un cazatesoros? O más bien un oportunista —rio. Te propongo un
trato, te contaré esos detalles, a decir verdad, tengo una cuenta pendiente con esa
criatura, dijo retirándose la túnica mostrando que le faltaba media pierna.
Levanté la cara con sorpresa.
—Sí, sí —todas las historias que cuento las viví en mi propia piel verde y esa me costó
mi pierna, ahora debo caminar con un bastón, ¡además me robó mis gemas! —dijo
iracundo.
— ¿Quieres que consiga esas gemas? —pregunté.
El duende asintió, dejando la pipa sobre la mesa, su rostro se tornó serio.
― ¿Y qué gano yo a cambio? —pregunté.
—Esa bestia tiene allí muchos objetos, normales y mágicos, puedes quedarte con lo
que quieras o precises.
—Pero ¿cómo entro en su guarida?
—Oh, me temo que no podrás entrar al menos que seas un duende y al menos que
estés usando el mejor disfraz jamás creado, no creo que lo seas.
―Tengo mis trucos.―Me has caído bien, te contaré más detalles y no te cobraré por ello. Llámame Trasto.
—Yo soy Borus.
Como te dije, Borus, solo las pisadas silenciosas de un duende, unido a su estatura nos
hace que pasemos desapercibidos. Podemos ser invisibles si lo precisamos.
— ¿Y qué te sucedió a ti? —pregunté mirando su media pierna.
—Me sorprendió, eso es todo. Llovía, hacía frío y buscaba donde refugiarme —
respondió apretando los puños—. Encontré una cueva—continuó—. Entré en silencio y
me eché a dormir. A medianoche me despertaron unas pisadas, y allí estaba, alto, de
piel escamosa negra como la noche y su larga cola, a unos centímetros de mí.
—Me levanté lentamente—continuó—, sabía que si empleaba magia podría sentirlo,
los reptiles gigantes pueden sentir ese tipo de cosas. La criatura ocupaba toda la
entrada, debía haber otra salida, así que busqué por toda la cueva. Encontré una sala
con esqueletos, armamento de todo tipo y monedas de oro y gemas, allí se alimentaba
y guardaba las cosas de sus víctimas, estaba en mal lugar. El suelo comenzó a temblar y
me oculté detrás de un escudo, la criatura apareció deprisa y comenzó a olfatear el aire.
Dio media vuelta y desapareció. No podía perder la oportunidad de reunir más gemas,
llené mi bolsa. Volví a escuchar algo detrás y al volverme vi sus fauces sobre mí. Salté,
pero me agarró de una pierna y me sacudió hasta que caí al suelo ensangrentado, mi
bolsa con gemas también había caído. La criatura las arrastró, ocultándolas. Le miré con
ira, pero no podía hacer nada, recurrí a toda mi magia para tapar la herida y salir de la
cueva con un chasquido convirtiéndome en niebla.
Le miré fijamente, tenía la cabeza agachada con la mano en su media pierna. —
¿Cómo llegaste hasta aquí sin pierna, recuperaste tu magia? —pregunté.
—Eso es otra historia, y te la tendría que cobrar —rio mientras se tocaba la nariz con
el dedo huesudo.
Medité unos segundos, ¿su historia sería verdad o solo un embuste?
—Bueno, Borus, ¿tomarás la senda que lleva al páramo y recuperarás mis gemas? —
me preguntó, sacándome de mis pensamientos.Fueron cuatro días de viaje. Llegué a un lugar extraño y el único consejo que me dio
Trasto volvió a sonar en mi mente. «Será mejor que no te acerques mucho a esa zona
lúgubre, pues ahí vive el ogro oscuro y si vas no serás el mismo cuando vuelvas, si es que
lo consigues. Ese viejo ogro camina con pasos pesados arrastrando una nube oscura y
fétida. Todo buen pensamiento que traigas contigo lo absorberá hasta dejarte
completamente mustio y apagado. Toda buena idea que tengas se desvanecerá con su
mera presencia. Tu estómago se retorcerá, tu aliento se consumirá. No te acerques, ni
siquiera los orcos se acercan a esa cosa, y toda criatura bondadosa lo evita a toda costa».
Me alejé.
Me tomó otro día llegar a la cueva. Con la mano en la empuñadura de la espada,
avancé vigilando mis pasos. Entré. La oscuridad me recibió. El aire apestaba. Algo había
en la negritud, pero no lograba verlo. De pronto algo poderoso me golpeó y caí
bruscamente. Vi brillar algo: las gemas del duende. Las tomé. Me levanté y desenvainé
mi espada rápidamente. La criatura rugió y de sus fauces brotó una llamarada. La hoja
brilló y di un tajo, cortando la llama en dos lenguas de fuego a cada lado.
―Yo también tengo trucos, acero hechizado de los enanos―dije.
Ante su sorpresa avancé con premura. Dando un golpe en su pata más cercana,
hiriéndolo. Su enorme cuerpo me rodeó y di una punzada al aire. La espada rebotó en
su piel. Corrí y me subí a un muro. Salté sobre él con intención de hundir la hoja entre
las grandes escamas de su espalda. Un rugido ensordecedor llenó toda la estancia.
Se sacudió y acabé en el suelo. Mi espada, el regalo de los enanos, quedó clavada en
su espalda. Maldije mi suerte. La bestia me golpeó, lanzándome al páramo. Y herido,
observé.
―Mala suerte―dijo una voz. Era Trasto sentado en una piedra.
Miré con sorpresa. Oímos cómo avanzaba el enemigo. El reptil negro salió de la cueva
con la boca humeante y los ojos brillantes.
―A propósito. Conseguí tus gemas ―dije mostrando la bolsa.
―Esas no son―respondió con sonrisa burlona pero amistosa.― ¿Qué opciones tenemos?
―Huir está descartado, nos alcanzará ―dijo Trasto con pesar.
―Luchemos entonces, hasta el final.
―Hasta el final. Con magia.
Sin saber cómo. Trasto me puso encima del reptil. Solo tenía una oportunidad. Con
fuerza, clavé totalmente la espada y la criatura chilló. Se sacudió y me arrojó con la
espada al suelo. Huyó malherido hacia el páramo. No lo matamos, pero fuimos
vencedores.

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