Premios de Zolock: En sus patas

Un nuevo relato, escrito por Marla Hectic y titulado «En sus Patas» ya está disponible en la web.

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En sus patas

La falsa piel de lobo se deformaba en grotescas formas sobre los rostros enloquecidos
de los tres cerdos a los que el pequeño ornitorrinco todavía no había conseguido dar
esquinazo.
El animalillo maldijo ser siempre tan leal a su humano; con lo fácil que hubiera sido no
ayudarle a colar una cámara espía en las instalaciones de los malos…
Al mismo tiempo, maldijo la falta de superficies extensas de agua; así, al menos hubiera
tenido una buena vía de escape frente a las patas acabadas en pezuñas de sus
perseguidores.
Inclusos si éstos ahora se creían cánidos; o, mejor dicho, que todos los demás lo eran.
Un escalofrío recorrió la espalda del animal genéticamente modificado, pensando que
podría haber sido mucho peor cuando los Otros Humanos le habían pillado espiando:
podrían haber decidido que, en vez de azuzar a sus torturadas bestias contra él, le iban a
colocar una de sus máscaras.
Se imaginó la situación para tratar de olvidar el cansancio que estaba haciendo que hasta
su pico comenzaran a sudar, mientras la grotesca mezcla entre aullido lobuno y gruñido
porcino sonaba cada vez más cerca.
Una vez la máscara hubiera estado sobre su cabecilla, todo el mundo a su alrededor (Su
Persona lo había estudiado) pasaba a ser percibido como un depredador brutal, un
animal dispuesto a atacarlo al mínimo pestañeo y, si el mundo entero intenta cazarte…
…cazarlo a él es una buena solución. Sobre todo cuando eres un animal cuyos instintos
naturales han sido acallados tras siglos de domesticación (y sobre todo cuando las
máscaras expulsaban un psicoactivo que generaba reacciones violentas en casi cualquier
especie de mamífero; humanos y bonobos incluidos).
Las víctimas empezaban a comportarse como lobos amenazados y hambrientos, bajo la
falsa premisa (más o menos consciente, dependiendo de la capacidad de raciocinio de la
criatura) de que, si devoraban a uno sólo de sus atacantes más, Por Fin serían ellos los
depredadores….una víctima más y la amenaza cesaría…
…por mucho que el ornitorrinco con intelecto equivalente a un adolescente humano de
unos quince años (lo cual tampoco era decir demasiado, con total honestidad) creyera
que él sería distinto, había una parte en él que empezaba a ser demasiado madura para
su gusto que sabía que aquella premisa no podría estar más equivocada.
Los ruidos predatorios se habían diluido ligeramente en el propio ambiente y, en una
deducción que bien podría haberle costado la vida, el animalillo decidió bajar el ritmo,
su cola agradeciendo que los choques contra el suelo de piedras y arenilla dejaran de ser
tan constantes y agresivos.
Emitió lo más parecido a un suspiro humano que su anatomía le permitía mientras
miraba entorno suyo, agradeciendo que su visión periférica fuera mejor que la de, por
ejemplo, Su Persona.
Sin embargo, mejor no significa perfecta casi nunca. De hecho, habitualmente el
término se usa cuando se quiere halagar algo que, por muy bueno que sea, no llega a la
excelencia.
Una proverbial palmadita en la espalda.
Jamás hubiera creído que un cerdo pudiera ser tan ágil, mucho menos tan ducho en la
coordinación en grupo; logrando retenerle de patas abiertas en medio de un charco cuya
naturaleza química sería mejor obviar.
El animal empezó a emitir sonidos desesperados. No quería que tres jamones con
Complejo de Balto Asesino le convirtieran en su próxima comida.
Ojalá lo hubieran hecho, pues el cerdo con la máscara de lobo más deformada por culpa
del esfuerzo y las acrobacias realizadas para lograr atraparle se puso en frente suyo, una
tela gruesa y peluda sujeta por la boca cubierta por otra boca falsa mucho más alargada.
Lo entendió al instante.
“No, no, no, joder. No, no, NO” empezó a resistirse con mucha más agresividad. Podía
tolerar que le devoraran vivo, pero ponía la línea en ser robado de su propia identidad.Los cerdos, a pesar de estar claramente tan o más cansados que él, eran más fuertes y,
sin lugar a dudas, el dolor que causaban las pezuñas porcinas contra su cuerpecillo era
más que suficiente para que no encontrara dentro de sí mismo la fuerza para liberarse,
incluso mientras la máscara empezaba a medio-ajustarse a su propia cabeza, su visión
comenzando a cuartearse.
Notó una sensación ajena nacer en el centro de su mente, de allí de donde su amor y
cariño por el descerebrado de Su Persona nacía; de donde el propio pánico que
empezaba a disiparse partía; dónde el gusto por el agua con gas en contra de toda ley de
la naturaleza se generaba…
…una ira, una violencia que no conocía pero que ahora era totalmente propia.
Iba a llorar una última vez, como rebelión silenciosa contra la cosa en la que estaba a
punto de transformarse…
…cuando un maullido cortó el aire, la máscara cayendo a unos metros de él en vez de
sobre su cuidadísimo pico.
“¡¿Qué?!”
El gato era flacucho, no demasiado grande y su pelaje negro estaba cortado de forma
desigual y plagado de manchas que no parecían ser simples marcas de nacimiento,
incluyendo una zona calva con aspecto de huella de un animal muchísimo más grande
que él mismo.
Y, a pesar de ello, él solito parecía no tener problema para acabar con los tres cerdos
como si de ratoncillos se tratara.
Sus zarpas se clavaron tan profundamente que más de un carnicero posiblemente
hubiera deseado estar presente para tomar nota de cómo usar sus cuchillos, así como la
elegancia con la que el félido lograba esquivar la sangre a chorretones que, por el
contrario, acabó dejando una curiosa pintura de corte abstracto sobre el cuerpo del
ornitorrinco.Lo único que parecía hacer titubear a su salvador eran las máscaras: no se atrevía a
rozarlas, ni tan siquiera los hocicos falsos que estaban hechos casi con total seguridad
con plástico barato.
El ornitorrinco se puso a pensar en cómo la máscara había estado a punto de convertirse
en uno con él, por mucho que ahora yaciera en el suelo (y cuya procedencia no se iba a
plantear, pues no es como si los cerdos tuvieran bolsillos donde llevar máscaras
malignas hipertecnológicas). Había estado a perder a sí mismo…pocas cosas se le
ocurrían que pudieran haber sido peores.
¿Qué hubiera pasado con Su Persona? No es que fuera un hombre especialmente dado a
tomar las decisiones más sabias, si él no estaba…
Un maullido estrangulado, que le recordó a una antena de radio antigua tratando de
sintonizar una emisora en mitad de una tormenta interrumpió sus pensamientos.
Se quedó mirando al gato, que tenía los ojos entrecerrados con expresión concentrada;
de vez en cuando modificándose ligeramente a pura sorpresa (debía de haber encontrado
el canal de radio en la mente del ornitorrinco dedicado a poner música de ABBA en
bucle; sabía que no parecía esa clase de animal).
Por fin, oyó una voz de apariencia femenina en el interior de su cerebro.
– Bien, me alegra que mis deducciones fueran correctas. También eres un animal
modificado, sólo que mucho más torpe. Hola, soy Love Engine y soy la gata que
te acaba de salvar la vida contra los Otro-lobos. ¿Cómo te llamas?
– Bueno, Señorita Modestia, me llamo Picachu, con ce, porque Mi Persona decía
no sé qué de derechos de autor… ¡Ey, no te rías, tu nombre es ridículo también!
– Ya, pero…bueno, vale, no me río; pero porque yo quiero, no porque me lo hayas
pedido tú.
Me miró, con lo más parecido a una expresión de diversión que puede lograr alguien de
su especie (que no es demasiado, la verdad).
– Ahora, seamos serios… ¿Qué haces aquí? ¿Tu Persona también está
investigando a los esclavistas de estos pobres gorrinos?Picachu fue a responder, pero, antes de que pudiera juntar las palabras correctas que
quería que Love Engine oyera en su cabeza, el mundo se volvió negro.
Y, después, rojo.
El mundo había cambiado.
O, igual, siempre había sido así y simplemente se trataba de una cosa más que la joven
presencia masculina había olvidado. Sabía que tenía cuatro patas, sabía que su cola era
larga y que se le daba bien nadar; pero poco más.
De hecho, sólo había una cosa que sabía con seguridad: estaba solo, no podía confiar en
nadie y le perseguían unas criaturas hambrientas que eran incapaces de nada salvo
pensamientos crueles.
Quería creer que su vida, que su planeta, no siempre habían sido así; pero era tan solo
una mera y ridícula esperanza, aquellos seres eran demasiado temibles y su precisión a
la hora de matar demasiado exacta como para haber aparecido de la noche a la mañana.
Quizás, siempre habían estado allí, pero él había decidido obviarlos y sólo ahora, con su
mente clara gracias a la ausencia de innecesarios recuerdos, era capaz de ser consciente
de su presencia.
¿Habrían acabado ellos con quién fuera que le hubiera importado a él antes?
No había forma de saberlo aunque, claro, casi mejor así.
De esta forma, tenía una excusa más para odiarlos; para atacarlos con más brutalidad de
la que jamás esperarían de los que consideraban sus patéticos contrincantes.
El joven imaginó sus cuerpos convertidos en manijas de carne y hueso, diversos fluidos
saliendo por puntos que no deberían haber estado abiertos para empezar….y su pico
(porque estaba casi seguro que tenía un pico) hundiéndose en aquel amasijo,
aceptándolo en su interior, cumpliendo una de las pocas cosas que recordaba; de las que
estaba seguro.Aquellos monstruos eran asimilables; poco a poco, víctima a víctima, te ibas
transformando en uno de ellos y, en una vida en la que estabas destinado a una
persecución continua por parte de aquellos errores de la Naturaleza, mejor convertirte tú
mismo en el depredador.
Una víctima más, un atacante más transformado en atacado y el animal lo
conseguiría…
…solo tenía que finiquitar a la criatura especialmente escuálida que todavía trataba de
morderle. Pan comido.
No era más que otro enemigo, todo el mundo era su enemigo…
– No me jodas que te han llegado a poner la máscara –Love Engine estaba
apoyada sobre él, una roca en su boquita.
Una roca que tiró hacia el preocupado ornitorrinco.
– Tranquilo, Pica Pica, no te vas a morir del golpe. Y lo único que has intentado
es devorarme viva, así que seguro te hubieras atragantado con una de mis bolas
de pelo y muerto igualmente.
– Yo…lo siento; pensaba que para que te afectara…
Love Engine hizo el equivalente gatuno a encogerse de hombros.
– Esas cosas se basan en el miedo a lo diferente y falta de identidad propia.
Queramos o no, todos tenemos esos temores extremadamente enraizados en
nuestro interior.
– Eres muy profunda para una gata.
– Y tú eres muy cualquier cosa para un ornitorrinco.
– ¡Ey! Somos una especie fascinante.
– Lo que tú digas, campeón –bufó y Picachu no pudo evitar preguntarse si su
salvadora estaría imitando el sonido humano o si eran los humanos los que
llevaban imitando a los animales que tenían el delirio de considerar sus
mascotas sin ser conscientes de ello en lo más mínimo. –Bueno, ¿me ayudas conestos tres? Parece que la teoría de Tu Persona era correcta y los Otro-lobos se
desangran más lentamente que un mamífero normal.
Picachu creyó haber oído mal.
– Mi… ¿Mi Persona?
– Ah, sí, no lo había mencionado…Nuestras Personas están colaborando. ¿Crees
que te hubiera salvado si no?
– …
– Buena respuesta. Ahora, ¿me ayudas?
– Pero… ¿no los has matado?
– Mira que eres cateto. No, no los he matado. Ellos son cerdos inocentes, no
tienen la culpa de lo que una panda de científicos subidos a la parra les hayan
hecho. Y, si tú mereces ser salvado… ¿por qué ellos no?
Ante esto, el ornitorrinco no supo que contestar y se apresuró a ayudar a su nueva…
¿amiga?
Pronto para decirlo.
Y, mientras comenzaba a cargar con el más pequeño de los tres cerdos (vago se hace, no
se nace), empezó a notar la ira y el miedo volver a poseerle entero y…consiguió pararlo.
Al menos, por el momento.
Al menos, eso creía.

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