Premios de Zolock: Deinóscrypta

Un nuevo relato, escrito por Erik Leroux, ha llegado a mí para participar en el concurso.

Deinóscrypta es un relato de Ci-Fi que nos habla de una oscura cueva a la que todo el mundo tiene prohibido el acceso.

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Deinóscrypta

Tanto la cabeza como el estómago le daban violentas vueltas mientras andaba entre las
estrechas paredes. Lo de la cabeza claramente era por una bajada de glucosa y el monstruoso
calor que hacía, los cuales habían acabado desarrollándose en vértigos. Ya había tomado un
par de chocolatinas, pero seguía sintiéndose incapacitada. De vez en cuándo se daba la vuelta,
a duras penas, para alumbrar el pasillo del túnel que dejaba tras de sí, pensando en volver
sobre sus pasos. Hacía horas que había perdido a su hermano en lo más profundo de la gruta,
pilas para la linterna ya no le quedaban y fuerza menos.
Por otro lado, lo del estómago era más bien nerviosismo por el hecho de estar cometiendo un
crimen, puesto que este área subterránea le pertenece al gobierno de…ni idea de quién es, la
cosa es que no tenían permiso para entrar, nadie lo tenía. Quizá fuera eso lo que atraía tanto a
su hermano, la emoción de explorar lo inexplorado y, como periodista que él era, destapar
todo lo que pudiera era parte de su código moral.
Sin embargo, ya no estaba tan segura de que esto fuera una buena idea. Bueno, en realidad
nunca lo estuvo, al menos no desde que vió el cartel pegado a la valla de metal que protegía
la boca de la gruta. Las palabras《Propiedad militar privada: RIESGO DE MUERTE.
ENTRE BAJO SU PROPIO RIESGO. A PARTIR DE ESTE PUNTO NO SERÁ
RESCATADO. 》resonaban como un oscuro heraldo en su cabeza. Finalmente, decidió
continuar su larga marcha en busca de su hermano, con suerte esto no sería más que un mal
trago, ambos estaban bien equipados para escalar y explorar cuevas, tenían agua y comida
para días y además estaban con Samuel, quien era un experto espeleólogo, no pasaría nada.
A cada momento que pasaba, las paredes de la gruta parecían hacerse muchísimo más
estrechas. El calor era implacable, pero las gotas de agua que resbalaban por las paredes
brindaban pequeños momentos de alivio. El agua y las paredes permanecían frías, a pesar del
calor de la estancia. El sudor le caía por la piel, creando una pantalla brillante, pero pegajosa
en contacto con la ropa y el pelo.
Se paró para coger un poco de aire, el cansancio hizo que tuviera que bajar la gigantesca
linterna que cargaba, dejándola colgando de su brazo. Carraspeó varias veces, respirando con
dificultad. El aire parecía ligeramente más frío que antes. Intentó vislumbrar alguna salida en
la oscuridad, apuntando con la segunda linterna de su casco, pero no pudo ver nada. El
cansancio actuó de nuevo, provocando que se le doblaran las rodillas, dándose un duro golpe
contra la pared de enfrente. Parecía estar atrapada en un oubliette.
Cerró los ojos con fuerza, intentando recuperar su ritmo de respiración normal. Exhalando e
inhalando regularmente. Escuchó de pronto los pasos apresurados de alguien, parecían estar
muy cerca. Se quedó completamente callada, esperando. Los pasos volvieron a sonar, ahora
más lejanos, pero aún perceptibles. Sonaba bípedo y grande, como un humano.
—¡Darío!—gritó.
Echó a correr torpemente entre ambas paredes. La irregularidad de piedra dura y fría le
golpeaba violentamente el cuerpo, rompiéndole la linterna del casco y produciéndole varios
golpes, punzantes cortes y dolorosos cardenales. Por alguna razón, sus manos se aferraron
fuertemente a la linterna grande, a pesar de que estuvo a punto de perderla en varios
momentos debido a los tropiezos invisibles del suelo desigual. El aire se hacía cada vez más
frío.
Tropezó, finalmente, contra una gran piedra que se encontró en su camino, cayendo con un
fuerte y seco golpe sobre su brazo izquierdo. Emitió un grito mudo con el primer golpe y,
luego, un agonizante segundo grito mientras se levantaba a duras penas para sentarse. Un
tremendo dolor agudo y punzante le recorrió el brazo, sentía como si todo su sistema nervioso
se hubiera colapsado entre terribles calambres. Había algo roto, dislocado como mínimo.
Estaba fuera de las constreñidas paredes, pero salir a costa de un brazo roto no era lo ideal.
Buscó a tientas la linterna, que se había desprendido de su mano al tropezarse. La encontró
cerca de su cuerpo y la encendió, milagrosamente estaba intacta y alumbró con fuerza. Se
apuntó al brazo, no parecía ser una fractura expuesta…más le valía que no fuera una fractura
expuesta.
Se escuchó un eco gorgojeante a lo largo y ancho de la sala, seguido por un aleteo. Ella
seguía sentada, con su brazo maltrecho y la respiración difícil, mirando de un lado a otro en
la oscuridad, intentando discernir que animal había emitido ese sonido.
De pronto, una criatura muy parecida a una ave se posó sobre su pierna, clavando sus garras
sobre sus espinillas. Gritó y apuntó al animal con la linterna, obligándole a soltarse y rehuirla,
se escondió detrás de unas rocas mientras emitía un grito aviar. Ella no dejaba de apuntar con
la luz hacia el escondrijo del animal.
Finalmente, el animal se acostumbró a la luz y se asomó paulatinamente para observarle.
Definitivamente era una criatura aviar, pequeña y menuda, con unas patas y garras largas y
con un plumaje parecido al de una perdiz, pero no era un pájaro, puesto que la falta de pico
era más que evidente. En su lugar, se encontraba un cráneo elongado en una mandíbula
pequeña, pero aserrada. Si no se hubieran extinto hace casi treinta y tres millones de años,
hubiera dado por hecho que se trataba de la cría de un Tamarro insperatus, un dinosaurio
terópodo troodóntido nativo de la zona de los Pirineos.
El animal salió corriendo hacia la derecha, posiblemente tras perder su interés en la nueva
inquilina. La rara avis se detuvo y se giró hacia ella para mirarla una vez más, pudo
vislumbrar los ojos rapaces del animal en la oscurida, antes de que desapareciera por
completo.
Se levantó con dificultad, dispuesta a no quedarse para averiguar si el animal realmente había
perdido el interés en ella, o si había ido a avisar a los demás del nuevo menú. Se marchó en la
dirección contraria a la del ave. El dolor del brazo seguía palpitando, lo cual provocaba olas
de intenso dolor, intentó consolarse a sí misma, pero no pudo. Tras mucho tiempo andando,
se percató de que el sonido ahogado de las piedras se había convertido en un quejido
metálico. Estaba en una base militar subterránea.
El aire se sentía cortante cuando entraba en contacto con su piel mojada. Por el camino se
había encontrado con otros pequeños terópodos, si es que eso es lo que eran, pero según
avanzaba por esos pasillos mecánicos estaba más lista para encontrarse con un terópodo de
los grandes, un Carnotauro o un Tiranosaurio quizá. Pero no hubo ninguno.
Se pasó lo que parecieron ser horas contando los ojos que veía brillando en la oscuridad, para
los cuales tuvo que inclinar la cabeza hacia abajo para verlos, 2…4…6…8…10…llegó un
momento en el que ya perdió la cuenta. El dolor no remitía y no encontraba una posición que
le aliviara, finalmente optó por usar su chaqueta como una especie de cabestrillo mal hecho y
aguantar. Tras lo que pareció ser una eternidad, finalmente encontró una sola puerta.
Era de color grisaceo, aunque ya poco quedaba del color original debido al óxido. Estaba
entreabierta. De pronto, un silencio ensordecedor inundó el túnel, puesto que todos los
sonidos aviares se habían callado de repente. 《Eso no es buena señal》pensó para sí, se asomó
por la puerta y alumbró con la linterna. Era una sala pequeña, similar a un laboratorio o sala
de investigación, había muchos papeles esparcidos por las mesas y el suelo. Abrió la puerta
intentando no hacer ruido y se metió dentro, antes de cerrar la puerta miró a ambos lados del
túnel por donde había venido. No vio nada y cerró la puerta.
Investigó la estancia por encima, había una especie de ordenador central hecho trizas, papeles
rasgados, agujeros de bala y casquillos, armas oxidadas y algunas manchas pardas de dudosa
procedencia. Sin embargo, fue capaz de ver algo escondido por el rabillo del ojo, entre mesa
y mesilla, encontró un cuaderno. Una especie de bitácora científica, basada principalmente en
estudio de los «saurópsidos pasados» y de cómo tras mucho trabajo, se había podido mutar a
saurópsidos actuales para que desarrollasen características similares a las de los saurópsidos
del mesozoico y etapas posteriores.
Obviamente, ella casi no estaba entendiendo nada de lo que ponía en la bitácora. No solo era
altamente científica, sino que además las hojas legibles eran escasas. Algunas estaban
arrancadas, otras manchadas y otras pegadas o quemadas. Había también una lista muy larga
de nombres científico: Aragonsaurus ischiaticu, Arenysaurus, Baryonyx walkeri,
Concavenator corcovatus, Hypsilophodon, Pelecanimimus, Rabdodon, Struthiosaurus,
Megaloolithus aureliensis/siruguei/baghensis, Prismatoolithus trempii, Tamarro insperatus,
Carnotaurus sastrei, Triceratops horridus, etc…
Junto a los nombres había pequeñas anotaciones de los distintos tests que se habían realizado
con los animales y si estos los habían pasado o no. Comenzó a ponerse nerviosa,puesto que
según la bitácora estos animales habían sido «recreados» para servir como soldados y
kamikazes, por lo tanto la agresividad era un requerimiento extremadamente importante en el
experimento. Los Tamarros no habían pasado muchos de los tests, según ponía en las
anotaciones, eran demasiado mansos y pequeños y《se debía proceder a su pronta y ética
eliminación》. Eso le hizo sentir ligeramente mejor.
Se apretó la libreta contra el pecho, ignorando su dolor. 《Quién sabe lo que hay ahí fuera, es
bastante probable que Darío y Samuel…hayan muerto, pero yo no. Yo no moriré aquí》pensó.
Dio un suspiro, intentando ahogar sus lágrimas. 《…Yo voy a salir y voy a mostrarle al mundo
este experimento. Voy a terminar lo que empezó mi hermano.》
Se frotó la cara con el brazo bueno para quitarse las lágrimas y, con una mirada decidida,
había elegido sobrevivir.
De pronto, se escuchó un terrible estruendo, que agitó violentamente toda la sala, tirándole al
suelo. Las estanterías cayeron, los cables se rompieron y se agitaron libremente, las paredes
se agrietaron y, en menos de diez segundos, silencio. La linterna seguía emitiendo luz.
Parecía haber sido una avalancha de rocas, pero daba igual, la estancia era inestable y tenía
que salir, pero ya.
Reorganizó todos los papeles importantes y los metió rápidamente dentro de la bitácora. Una
vez los tuvo todos, dio un profundo suspiro, el sonido de un gorjeo inundó la sala. Los pelos
de la nuca se le pusieron de punta. Se dio la media vuelta, despacio. Para su sorpresa, la
puerta se había soltado de su base y se había abierto sola.
Los ojos de un terópodo la observaban desde el umbral. El problema era que, esta vez,
aquellos ojos predatorios estaban a su altura.

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