La chupa de cuero

Desde hace ya mucho tiempo tengo una chupa de cuero. La típica chaqueta negra de motero rebelde que no hace caso nunca a la ley. Podría decir que no va conmigo, pero os estaría mintiendo. No voy a hacerme la víctima ni a culpar a nadie de mis actos, he tenido una buena vida, mis padres me educaron bien, pero eso no es suficiente como para que yo me comporte como el mundo quiere.

Si el mundo tuviese control sobre mí, yo seguramente estaría sentado, mirando como un zombi la pantalla del ordenador, haciendo ver que escucho a los inútiles de los profesores que nunca se han acercado a un dispositivo similar en su vida. No quería desperdiciar mi vida así. Y no lo haré nunca.

La chupa de cuero de la que tan orgulloso estoy, me la gané a sangre limpia. Perteneció a Guzmán, un corpulento y musculoso vándalo que, como yo, no tenía objetivo en la vida.

Se sabía en las calles que quien fuese el propietario de aquella chupa, sería el rey. Pero no era suficiente con robarla. Te la tenías que ganar, y eso es lo que hice.

Me metí en la casa de Guzmán por la ventana, hacía poco que habían montado una fiesta en la casa en la que se habían acoplado, y todos en ella estaban ya borrachos y roncando a más no poder.

Era una señora casa, patio trasero con piscina climatizada, jacuzzi apartado, dos pisos y muros que rodeaban todo el edificio. «El ricachón que vive aquí se llevará una sorpresa cuando vuelva» pensé cuando entré en ella.

Vi a Guzmán roncando en la cama de la habitación principal. A sus lados se encontraban dos mujeres completamente desnudas, parecía que estuvieran teniendo una pesadilla. Seguramente estarían reviviendo lo que Guzmán les obligó a hacer. «¿Qué más da ahora? Tengo que encontrar la chupa».

Me centré en la búsqueda y la encontré rápidamente en el armario. A pesar de como estaba la casa, se veía que cuidaba las cosas que le importaban.

Me la puse, y me la ajusté. El cuerpo de Guzmán la había ensanchado un poco, pero aun así me quedaba bien. Pero notaba que aún no era mía. Notaba como está me rechazaba.

Me fui de allí dejando una nota que nunca olvidaría. Me dirigí al círculo de la muerte que yo mismo construí hacía unos días.

No tardó en aparecer por allí, el motor de su gran moto se podía escuchar a mucha distancia y no se podía confundir. Cumplió mis deseos, y vino con todos sus seguidores. Seguidores que acabarían siendo míos.

– Con que a Polo por fin le han salido pelos en los huevos… – Comentó al verme.

– Deja ya las coñas. Te he retado, y por lo que veo, has aceptado. Acabemos esto de una vez, no quiero que esta preciosidad continúe siendo tuya.

– Esa chupa nunca será tuya. Menos aún si esperas que acepté esta mierda como un círculo de la muerte.

– Tanto tiempo al poder ha hecho que te olvides de las normas… Cualquier tipo de objeto que represente la decadencia puede ser utilizado para crear un círculo de la muerte con el que haya un nuevo líder. ¿Es que hay algo que represente mejor dichas virtudes que tu nombre y tus fotos?

La pulla le afectó y corrió directo a golpearme. Lanzó su puño derecho hacía mi, lo cogí y utilicé su propia fuerza para tirarlo al suelo.

Le pisoteé los testículos y mientras disfrutaba de su grito de dolor, miré a mi alrededor. La gente gritaba ante el combate, estaba siendo muy rápido y parecía que todo estaba ya escrito. Pero quería más.

Hice algunas reverencias y animé a mi público, mientras mi oponente se intentaba poner en pie. Este lo consiguió, pero no por mucho tiempo. Un puñetazo en la cara hizo que se desestabilizara y con una patada a los tobillos acabó de nuevo en el suelo.

– Esto tenía que ser así Guzmán. No tenías otra opción. – le comenté mientras sacaba un cuchillo de mi cinturón. – Espero que hayas disfrutado de tu reinado. Pero ahora soy yo el que desatará el caos en este mundo.

– ¡No te atreverás! – Gritaba sin creer lo que veía.

– Esta chupa ya es mía Guzmán, ahora muere para que me acepte.

El cuchillo bajó y perforó su cuello dejándolo sin habla. Lo volví a acuchillar una y otra vez, desangrándolo y manchando la chupa con su sangre.

Ahora sí que me aceptaba, por fin era mía. En ese momento empezó mi reinado del terror.

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