El Francotirador

Me desperté en una pequeña habitación en la que costaba respirar… Estaba estirado en la cama inferior de una litera, y la cabeza no paraba de darme vueltas.

– Así que por fin te despiertas… – Comenta un hombre desde arriba.

– ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?

Intenté mirar a mi alrededor, intenté saber como era aquella habitación, pero no pude, la migraña me impedía mirar. Ni siquiera era capaz de abrir los ojos…

– Lo que ha pasado me lo tendrás que explicar tú. El donde estás ahora mismo no es importante. Dime, ¿Qué has hecho para acabar así?

– ¿Que qué he hecho? He sido un héroe toda mi vida… Me he enfrentado a horrores que ni te podrías imaginar y ahora… ahora un maldito dolor de cabeza no me permite mirar donde estoy…

– ¿Un héroe en este mundo? Eso no es algo que sea muy habitual… Ni siquiera me planteo que sea eso posible.

Entonces callé, un pensamiento vino a mí, un recuerdo que tuve que admitir…

– Bueno, al principio, cuando era joven… En esos tiempos no estaba centrado. Por dios, ¿Quién lo estaba por aquel entonces? Nos hacíamos bromas entre todos, era normal…

– ¿Eso es lo único de lo que te arrepientes? Con la vida tan frenética que dices que has tenido, pensaba que habría cosas más interesantes…

– ¿Q… Qué quieres decir? – Pregunté dubitativo. – ¿Acaso me acusas de mentiroso?

– Lo seas o no, a mí me da igual… Yo solo quiero escuchar una historia interesante que no me aburra… Y la tuya de momento lo está haciendo.

Su tono de voz era muy serio para la conversación coloquial que estábamos teniendo. En ese momento no le di importancia…

– Si quieres que te explique algo interesante, escucha. Me llamo Bob Lee, he luchado como francotirador en la guerra durante 5 años y nunca he fallado un solo tiro.

– Un asesino más… ¿De verdad te consideras un héroe?

El impulso de levantarme y golpear al capullo que había dicho esas palabras era cada vez mayor, pero el maldito dolor evitaba que pudiese hacerlo.

– Si, lo soy. Al matar a una sola persona he conseguido salvar a cientos. ¿Cómo va a entender eso un pacifista como tú? – Comenté enfadado.

– Si supieses quien soy… No habrías dicho tales tonterías. Aunque eso no importa ahora, continúa tu historia, quizás si sea entretenida.

Con mala cara, continué hablando:

– Como te he dicho, nunca fallé un solo tiro, y a cada misión que hacía, conseguía salvar a cientos de personas. – «De una guerra que nosotros provocamos» pensé entonces. – Hubo una misión… que nunca olvidaré.

Recordando aquel tiempo, unas lágrimas salieron de mis ojos, aún cerrados, pero continué hablando como si no pasará nada.

– Tenía una ojeadora, se llamaba Alysse… Hicimos todas las misiones juntos, y la verdad, creo que si no fuese por ella no habría conseguido llegar tan lejos. – Paré un momento para recordarla. – Dicha misión tenía que ser simple. Nos indicaron un punto de ataque a 500 metros y desde allí, tendríamos que vigilar la ruta de unos blindados y, si era necesario, protegerlos. Pues tenían que pasar por una zona peligrosa.

– Si era tan «simple», ¿Qué ocurrió?

– El enemigo tenía otro francotirador. Estaba completamente oculto y atacó primero a Alysse… No tuve más remedio que huir y dejar su cadáver allí… – Entonces, no lo soporté más y me puse a llorar. – ¿Qué otra opción tenía? Ella ya había muerto… Solo podía que sobrevivir.

– Supongo que fue entonces cuando te retiraste.

– Si, no podía aguantar la culpa de dejarla así… Le hice un entierro simbólico, pero sé que no servirá de nada… Ella nunca recibirá los respetos que merece…

– ¿Y qué has estado haciendo desde entonces?

Entonces pensé… Esa parte de mi vida estaba borrosa. Me costaba recordar… Solo podía recordar la mira del rifle. El Zoom que está daba. Una diana puesta a unos 500 metros. Y una nota en ella:

«No se abandona a los amigos»

Entonces, la migraña desapareció. Me levanté poco a poco y miré donde estaba. Aquello no era una habitación pequeña. Era una celda.

– ¿Recuerdas ahora lo que pasó? ¿Entiendes cómo has llegado hasta aquí?

– ¿Qué? ¿Qué estoy haciendo en prisión? ¿Cómo? ¡No debería estar aquí!

– ¿Un asesino no debería estar en prisión?

– ¡No soy un asesino! ¡Por cada vida que quitaba, salvaba a cientos de otras vidas!

Me tiré al suelo con las manos en la cabeza, los recuerdos empezaron a venir como balas en un campo de batalla.

Recordé a Alysse, ojeando y buscando mi objetivo. Lo encontró, y yo lo ejecuté sin ningún tipo de resentimiento ni culpa.

Maté a un niño pequeño de unos 10 años… Utilizamos un rifle y unas balas que robamos de un pueblo cercano… Queríamos que se iniciara una guerrilla entre ellos… Rojo contra rojo lo llamamos. El niño murió al instante. No sufrió. Eso lo aseguro.

– Un gran héroe… Vaya que si…

– Pero no lo acabo de entender… Al volver a casa… Al estar practicando con los rifles… Al ver esa nota… Lo recuerdo como su hubiese sido ayer… ¿Cómo puede ser?

– Muy simple héroe… Alysse no murió. No puedo decir lo mismo de tí.

Me levanté y miré a quien había dicho tales palabras. Entonces vi lo que no querría haber visto. Una presencia oscura, absenta de cualquier tipo de luz con forma humana, sin ningún rostro a excepción de sus ojos. Unos ojos morados que desaparecieron al instante junto a su cuerpo, dejándome solo en aquella celda vacía…

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