Hadas del Mundo

El día en que conocí a Sirene, toda mi vida cambió. Ni siquiera quiero imaginarme cómo habría sido mi vida si ella no hubiera aparecido. En un mundo como este, es complicado tener cierta estabilidad, y las hadas cómo Sirene, ayudan a tenerla con su simple presencia.

Hará ya unos meses, un amigo me insistió para ir una fiesta, no paraba de recibir mensajes en los que me insistía para ir, no tenía muchas ganas, la verdad, pero días después di gracias a los dioses por hacerme ir hasta allí.

Me encontraba en mi habitación cuando Jun me lo dijo, un cuarto bastante amplío, con una cama de matrimonio con un sofá en sus pies, una mesa de escritorio en una pared y una pequeña televisión colgada en otra. A pesar de que no soy muy manitas, siempre me ha gustado bastante decorar mis habitaciones y dejarlas a mi estilo. Por ello las paredes de esta están llenas de pósteres y cuadros de toda clase. Sin duda la decoración que más me gusta es la cometa con forma de dragón que hay colgada en el techo.

Me levanté de la cama y con las zapatillas puestas subí a cenar temprano para tener tiempo de cambiarme. No cené gran cosa, una simple pizza de nevera calentada al horno que me llenó lo suficiente. Una vez terminé, subí al tercer piso y me desnudé en el baño para ducharme.

Nunca me gustó mi cuerpo, pero ese día era distinto, me notaba hermosa, y por primera vez en mucho tiempo, vi la belleza de mi piel azulada y mis ojos morados que tanto han criticado en mi vida. A pesar de que tan solo son leyendas, siempre me han comentado que tengo un gran parecido a la ladrona Lard, que fundó el Grupo Sombra, pero eso solo lo dicen por qué compartimos nombre.

Me vestí con un top de manga larga negro que me alzaba los pechos y una falda de cuadros blanca. Además, me puse unos leggins negros que me ayudarían con el frío. Terminé poniéndome unas botas, negras también, para acabar el atuendo.

Al salir de casa ya había anochecido y las luces de la ciudad, tapaban con creces las estrellas del cielo. A pesar de vivir en las afueras de Zunvra, la luz de las estrellas no llegaban hasta mí. Al menos la neblina ya no está. Pensé con gracia recordando las leyendas sobre una extraña neblina que consumía todo atisbo de luz, haciendo que así tan solo los Orgalcs pudiéramos ver.

Caminé escuchando música con los auriculares mientras tatareaba las canciones y esquivaba a las demás personas. Más de una vez pasó volando por encima de mí una hada y en cada una de ellas, yo me quedaba embobada, mirando con celos cómo podían volar e ir a dónde ellas quisieran.

Al haber escuchado ya unas 5 o 6 canciones, llegué a la entrada de la red de transportadores con la que llegaría a la fiesta. Era una escalera que te llevaba a una gran sala excavada debajo de la ciudad. Antes de poder entrar, debías pagar el billete, o utilizar el bono que compraban la mayoría de ciudadanos. Muchos se atrevían a saltar las vallas y pasar sin pagar, pero las cámaras que hay activas las 24 horas del día avisaban de lo ocurrido. A pesar de que es de dominio público que si te entras de manera ilegal en la red de transportadores, se te retirará de manera inmediata una cuantiosa cantidad de dinero, mucha gente incrédula sigue intentando colarse.

Pasé mi bono, y miré en la pantalla para saber que transportador debía coger. Jun me dijo que la fiesta se haría en el Azul Ebrio, una discoteca milenaria de la ciudad. Sabía que se encontraba en la calle de Zolock, y según la pantalla, debía coger el transportador número 8. Miré la hora de salida y corrí, era el último transportador que salía hoy y no quería tener que ir caminando.

Vi el transportador a lo lejos, tan solo era una cabina con varias filas de asientos y una gran cuenta atrás que indicaba los segundos que quedaban para que se realizase el viaje. Corrí con apuro mientras las puertas se cerraban y las paré con mis manos. Entonces entré y dejé que estas se cerraran detrás de mí. Pasaron dos segundos y entonces se volvió a abrir. Salí acalorada y respiré un poco. Ya había cogido calor por la carrera, pero los tele-transportes siempre hacían que tuviese más calor aún.

Salí de la estación pasando por delante de unos cuantos artistas callejeros y me dirigí hacía la disco, la cual no se encontraba demasiado lejos.

Empecé a caminar, viendo cómo muchos llevaban mascarillas para evitar contagiar a los demás, viendo los atuendos pintorescos que llevaban algunos, escuchando el ruido de los coches, y de la gente al hablar.

Jun me estaba esperando en la entrada del rascacielos donde se encontraba el Azul Ebrio, había una cola grandiosa para entrar y no tenía ganas de esperar.

— ¡Por fin llegas!

— ¿De verdad vamos a entrar? Las entradas a este sitio son muy limitadas. — Le pregunté.

— ¡Claro que sí! Tú no te preocupes, tengo una amiga dentro que me ha dado el pase VIP. ¡Ni siquiera tendremos que hacer cola!. — Me explicó emocionado.

Muchos se preguntan el motivo por el cual una Orgalc cómo yo tengo amistad con un humano cómo Jun. Él y yo nos conocimos en clase, y a pesar de que ya llevaba un tiempo sin tener contacto alguno con él, nos volvimos a juntar. Era un chico algo bajo si se comparan conmigo, tenía un pelo negro y corto, casi rapado y aquella noche llevaba unos tejanos y una camisa negra.

—¿Tenéis entrada? — Preguntó el orgalc que estaba de controlador de acceso.

Jun le enseñó las entradas con su teléfono móvil y nos abrieron el paso hasta el transportador.

—¿A quién has sobornado para conseguir esto? — Le pregunté con una risa. — Ahora creo que debería haberme arreglado más…

La discoteca se encontraba en la cima del rascacielos, y tras tocar el transportador, aparecimos en ella. La música potente resonó en mis tímpanos de golpe, las luces y los láseres iban y venían de todos lados y todos, humanos, orgalcs y hadas bailaban en la pista mientras otros tan solo bebían y se emborrachaban.

— Vamos, debemos buscar a An y Sirene, hemos entrado gracias a ellas. Seguramente estarán en la barra. — Me comentó Jun.

Agarre bien mi pequeño bolso y pasamos entre la gente para llegar hasta la barra. Allí, fue la primera vez que vi a la que en un futuro sería la luz de mi vida. Y aunque me avergüence admitirlo, durante los primeros segundos que estaba a mi vista, la confundí por otra persona.

Aquellos pocos segundos únicamente sirvieron para que cruzáramos saludos, pues ella estaba ocupada sirviendo copas, pero noté que ambas nos habíamos fijado en la otra.

Jun se había separado de mí, ya estaba bailando con An, intentando ligar con ella sin duda. Me acerqué con ritmo a ellos, a pesar de que me daba cosa cortarles el rollo, no quería estar sola.

El tiempo pasó sin darme cuenta, me estaba divirtiendo más de lo esperado y entonces noté un toque en el hombro. Era Sirene, con las alas desplegadas.

Llevaba un pelo planchado, que le llegaba hasta las caderas, tenía unos ojos marrones profundos, que mostraban bondad y hermosura. Tenía una piel oscura, que la hacía destacar del resto. Llevaba puesta unos leggins negros, similares a los míos, que combinaba con la camisa azul oscuro de su trabajo.

Nos dimos un par de besos en las mejillas para saludarnos y entonces bailamos al unísono. Se notaba que tenía mucha más experiencia que yo para el baile, y dejé que me guiara en este.

La música cambió a un tono más tranquilo, y con algo de valentía me abracé a ella para bailar poco a poco. Ella aceptó el abrazo y noté cómo me elevaba del suelo. Sus alas se movían con fuerza, mientras bailábamos a unos centímetros del suelo. Pero entonces, paró en seco, y estuvimos a punto de caer de espaldas.

— ¿Estás bien? — Le pregunté preocupada.

— Si tranquila, perdona. Me he desconcentrado… — Se excusó ella. — ¿Quieres que salgamos de aquí?

Asentí agradecida y la seguí por la discoteca, despidiéndome de Jun y An.

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